martes, 15 de octubre de 2013

Entre la pelota y la pared

Publicado en el Ciclo P+D

 

Cuenta la historia que Benito Mussolini nunca fue un acérrimo amante del fútbol. Sin embargo, su vida y sobre todo el destino político de la Italia que supo comandar en los albores de la Segunda Guerra Mundial acabaron cruzándose con el mismo por una cuestión de intereses. En él, el dictador encontró el camino más corto para hacerse con el apoyo popular de las masas, y la realización de la Copa del Mundo del año 1934 es quizás el ejemplo más paradigmático e ilustrativo dentro de ese cuadro situacional.

Allí, durante la segunda edición del Mundial de fútbol, Mussolini hizo gala del autoritarismo que pregonaba. “Il Duce” manejó personalmente la conformación del plantel para disputar el máximo evento, reclutando jugadores extranjeros de origen italiano, como los argentinos Enrique Guaita, Attilio Demaría, Raimundo Orsi y Luis Monti. Pero no conforme con eso, al mismo tiempo se encargó de amenazar todo el mundo: rivales, árbitros y, por qué no, también jugadores propios.

Las acciones que se dieron en el campo de juego no sirvieron para dejar libre de máculas a la organización de la Copa, sino que por el contrario sirvieron para generar suspicacias aún mayores. Los dos partidos frente a España por los cuartos de final fueron uno de los casos más marcados, siendo ambos de una violencia inusitada para estos tiempos, en donde el local lesionó al famoso portero español Ricardo Zamora en el primer juego y a tres jugadores del rival, para dejarlo con ocho futbolistas en cancha, en el desempate.

No reconocer el nivel de los jugadores con los que contaba la Selección de Italia sería tan injusto como omitir las irregularidades que tuvieron lugar en el contexto. En su camino hacia el título, supo imponerse por sobre el “Wunderteam” austríaco comandado por el excepcional Mathias Sindelar, así como también en la final frente a la Checoslovaquia del implacable rompe redes y goleador del Mundial, Oldrich Nejedly.

Sin embargo, los fallos arbitrales confirmaron las suspicacias, con el gol en fuera de juego que posibilitó el triunfo ante la mejor selección austríaca de la historia. No importaban las formas, sino la victoria. Desde las sombras, Mussolini hizo su parte, y ensombreció un título que, por poderío y por calidad futbolística, bien pudo haber quedado para el mismo ganador. En el medio, los jugadores de esa Selección sufrieron como nunca, y quizás más que sus rivales.

De la misma manera que el nivel de esos jugadores debe ser puesto en la balanza, también lo deben ser las presiones a las que estuvieron sometidos. La final fue el caso más evidente, y también el más comentado. En ese encuentro, los jugadores recibieron amenazas explícitas por parte del régimen, algo que ya le había sucedido al entrenador con anterioridad, según las cuales no obtener el triunfo hubiera significado mucho más que una derrota. Sin embargo, el destino quiso otra cosa, y con mucho sufrimiento, Italia dio vuelta sobre el final un partido que arrancó perdiendo, y que en este caso sí era de vida o muerte.

Así, “Il Duce” se convirtió sin saberlo en el primero de toda una larga lista de dictadores y mandatarios autoritarios que, con el objetivo de legitimar su accionar político, incurrió en la utilización del deporte como bandera. De ahí en más, el Siglo XX repitió esta constante, pasando por el régimen de Franco en España y por la dictadura militar en Argentina como dos de los casos más emblemáticos, hasta llegar a la actualidad, en la que, de manera mucho más sutil y sin tintes fuera de lo legal, es una práctica casi común.


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