Juan Ramón Verón es una de las grandes leyendas de Estudiantes y está presente en la discusión de quién es el ídolo mayor. Como futbolista, sin embargo, no parece existir tal debate.
Publicado en Cielosports.com
Carlos Salvador Bilardo. Juan Sebastián Verón. Osvaldo Zubeldía. Esos son, quizás, los primeros nombres que se le vienen a la cabeza al hincha de Estudiantes si alguien le pregunta quién es el mayor ídolo del club. Sin embargo, poniendo bajo la lupa lo que fueron y lo que dieron dentro del campo de juego, la estrella de Juan Ramón Verón brilla como ninguna.
La Bruja padre no tuvo un ciclo exitoso como DT, ni llevo la bandera del Pincha a la Selección Argentina. No ocupo tampoco, al colgar los botines, un rol preponderante en la vida política del club. Sin embargo, desde lo futbolístico, le dio al club como ningún otro: todos los momentos más importantes de la era dorada del club lo tienen como figura, como bandera.
Hablar de Juan Ramón Verón es hacerlo sobre un distinto. Sobre alguien tocado por la varita. El N°11 del equipo del Zorro era la anomalía de aquella máquina: si Carlos Bilardo era el corazón, él era el cerebro. Donde todos metían, él pensaba y ejecutaba. Todos los que lo vieron jugar coinciden en que la camiseta rojiblanca nunca fue portada por alguien igual.
Con un perfil más bajo que el de otras leyendas del fútbol argentino, supo ser un ídolo cercano. Cualquiera podía verlo, pedirle una foto y por qué no compartir un mate, solo con pasar una mañana por City Bell. Casi con seguridad lo iban a encontrar, presenciando una práctica del plantel profesional o de cualquier otra disciplina. Vivía por y para Estudiantes.
Siempre lejos de las luces, fue importante forjando a las generaciones futuras. No solo desde su presencia en el predio, sin desde su trabajo en Inferiores, en donde fue entrenador de múltiples categorías juveniles. Entre ellas, la 1975 de su hijo, a quien le inculcó el ADN Pincha desde pequeño. Sin Juan Ramón, no hubiera habido un Sebastián.
El legado del 11: sus goles más importantes
96 fueron los goles de la Bruja entre sus tres pasos por Estudiantes. Muchos de ellos fueron en finales y partidos decisivos, que marcaron a fuego la época dorada que convirtió a aquel equipo en los Héroes de Old Trafford. Lejos de esconderse en los momentos difíciles, brilló con mayor fuerza y apareció en todas las instancias decisivas.
El Metropolitano 1967, la primera gran obra del equipo de Zubeldía, lo tuvo como baluarte. Su actuación en la Final ante Racing, en aquel recordado 3-0 en el Viejo Gasómetro, habla por sí sola. Allí, anotó el segundo gol, el de la tranquilidad. Antes, en las Semis con Platense, había iniciado el camino de una remontada épica: con uno menos y el equipo perdiendo 3-1, un cabezazo del 11 le había dado vida.
En la Libertadores 1968 marcó en las tres finales ante Palmeiras. En la ida, en La Plata, anotó el que quizás sea el mejor gol de la historia del club, eludiendo a cinco rivales a poco del cierre para iniciar otra remontada: en los minutos finales el León pasó del 0-1 al 2-1, un marcador que sería clave en el desenlace de la serie. En Semis, ya le había anotado a Racing de chilena…
El primer título profesional de Primera División y la primera estrella internacional lo tuvieron en un rol protagónico, pero eso no fue todo: el gol más importante de su carrera fue también el gol más preponderante de la historia de la institución. El 16 de octubre de 1968, en el Teatro de los Sueños, silenció a todo Manchester con un cabezazo que desde ese día y para siempre le permitió al Pincha sacar pecho y decir, como reza su camiseta, soy campeón del mundo.
¿Cómo jugaba Juan Ramón Verón?
Zurdo y gambeteador, supo destacarse rápidamente en Divisiones Inferiores. Una de sus grandes virtudes fue su inteligencia dentro de la cancha, que le permitía ver cosas que los demás no. O verlas antes de que sucedan. Era talentoso con la pelota en los pies, pero también sabía ocupar los espacios como nadie, siendo un dolor de cabeza constante para el rival.
En sus primeros pasos como jugador le gustaba desempeñarse como 10, pero cuando llegó a las Inferiores del club hubo un problema: Eduardo Flores ya jugaba en ese puesto. La historia diría que, más tarde, serían compañeros, socios y amigos. Stella y Pedrillo, sus entrenadores en Novena División, lo reconvirtieron en 11 y el resto es historia.
“El que me encontró el lugar fue Osvaldo, que me dio libertad para jugar de la mitad para arriba”, contó años atrás en un extenso diálogo con El Gráfico, y sobre su manera de jugar, profundizó: “Me gustaba jugar por derecha, para enganchar y tener la cancha de frente, pero también me movía por el medio e izquierda”.
En aquella nota el propio Juan Ramón contó cuál era, según su mirada, su punto más fuerte: “El mano a mano. Me encantaba encarar a los defensores, y si había dos, mejor, porque la tiraba entre ambos y se confundían entre ellos. Los pasaba por gambeta y por velocidad. Cabeceaba bastante, sobre todo por ubicación”.




No hay comentarios:
Publicar un comentario